El arte de parar cuando la tierra se mueve
- 3 jul
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Hay momentos en que la vida nos cambia el mapa de un segundo a otro. El pasado 24 de junio, la tierra se sacudió con una fuerza descomunal en mi país Venezuela, y con ese movimiento, muchas de nuestras estructuras —físicas, emocionales y profundas— se agrietaron. Hoy escribo estas líneas no desde el rol de quien tiene todas las respuestas o de quien sostiene el campo de otros, sino como una caminante más que intenta recuperar el paso y asimilar su propio proceso individual en medio del caos.
Vivir un evento de esta magnitud nos confronta con la fragilidad de lo que consideramos "seguro". Ver las grietas en las paredes de mi hogar fue ver rota, temporalmente, mi zona de seguridad. Pero el dolor más profundo no está en los ladrillos, sino en el alma: el luto colectivo que respiramos como país se volvió cercano al perder a tres miembros de mi familia. Es una herida que estremece, que pesa en el cuerpo y que nos sumerge a todos en un duelo compartido.
Hoy me encuentro en casa de mi papá. No es mi espacio, las rutinas son distintas y el cuerpo extraña su propio centro, pero he aprendido a abrazar la profunda gratitud de tener un techo seguro, el calor de la familia y un abrazo disponible cuando las fuerzas flaquean. El miedo a una nueva réplica sigue ahí; anoche la lluvia fuerte me recordó que mi sistema nervioso continúa en hipervigilancia, y la mente inevitablemente vuela hacia la impotencia de querer hacer más. Dentro de todo esto, una tía hermosa que le encanta hacer dulces vino y como familia nos pusimos a hornear galletas y suspiros para los niños de los albergues. En medio de tanta aspereza, el olor a dulce fue un bálsamo. Me recordó que cuando no tenemos la fuerza física para levantar escombros, aún podemos aportar ternura desde donde nuestras reservas lo permiten.
En estos días, he habitado un desafío interno constante y complejo: el que existe entre la profesional, la madre y la mujer afectada. Como terapeuta, la mente a veces me juega la trampa de la culpa por no estar disponible para ofrecer contención psicológica en este momento. Sé perfectamente cómo funciona el trauma, conozco las herramientas de autorregulación y mi instinto natural es salir al rescate, pero la verdad más transparente es que no se puede dar agua desde un pozo que está seco. Hoy, mi único espacio de entrenamiento es mi propio silencio.
Y en mi rol de madre, la sacudida ha activado otras fibras. Tengo tres hijos. En situaciones de crisis, el deseo más profundo del corazón de una madre es tenerlos a todos cerca y saberlos a salvo. Sin embargo, la realidad actual nos impone sus propios límites: por dinámicas de trabajo y documentos, solo mi hijo menor tiene la posibilidad real de venir próximamente a estar conmigo.
Aquí aparece otra faceta de esa dualidad: por un lado, el alivio inmenso de saber que viene a acompañarme, a ser equipo conmigo y a permitir que nos sostengamos mutuamente; por el otro, el temor inevitable de mamá al ver que debe dar un giro inesperado en su vida y trasladar su entorno laboral al modo remoto para venir a mi encuentro. Mi instinto es protegerlos de mis tormentas y no cargarlos con mis asuntos, pero estoy aprendiendo también a recibir, a aceptar que para ellos es importante estar presentes y que dejarse cuidar es, también, un acto de amor profundo. Mis otros dos hijos están lejos físicamente, pero su presencia late en cada llamada y en la preocupación compartida; el corazón de madre se estira para abrazarlos a la distancia mientras me preparo para recibir los brazos del menor.
Hoy elegí quedarme en la cama, escuchar la presión en mi cabeza y respetar el cansancio físico de haber limpiado los destrozos de mi apartamento, aun me quedan varios espacios pero voy poco a poco. A mis consultantes, amigos y conocidos que me han inundado de mensajes llenos de amor desde todas partes del mundo: los leo y se los agradezco con el corazón. Si solo he respondido con un emoji o un mensaje cortito, es porque hoy mi medicina es el silencio y el descanso.
A todos los que, al igual que yo, están transitando el shock, el luto o la reconstrucción paso a paso: honren su cansancio. No se exijan estar enteros. El primer paso para reconstruir cualquier territorio es permitir que nuestro propio cuerpo asimile que, en este instante presente, estamos a salvo.
Gracias por caminar conmigo, incluso en la distancia y en el silencio.
Yuleika




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